martes, 11 de agosto de 2015

YUYACHKANI. SIN TÍTULO, TÉCNICA MIXTA.


Nuestras heridas

Personajes de la dictadura de Fujimori; Vladimiro Montesinos, Nicolás de Bari Hermoza Rios.

La actriz Ana Correa interpreta a una mujer ashaninka, en el periodo en esta comunidad fue esclavizada por Sendero Luminoso.

 El actor Julián Vargas con la bandera roja representando al terrorista Abimael Guzmán, sobre una urna del Santo Sepulcro de Ayacucho.
Un escolar traslada la foto del presidente de la Comisión de la Verdad salomón Lerner. Acompaña Ana Correa con un luto riguroso como la viuda de Miguel Grau.

 Folio de la corrupción con una caricatura de Alberto Fujimori (encarnado por el actor Augusto Casafranca) lanzándole la pelota a Montesinos.
Una bandera bicolor hecha con harapos. Alude a la ocupación de Tacna por las tropas chilenas en 1920.   La acompañan las actrices Rebeca Rally (izquierda) y Debora Correa.

lunes, 1 de diciembre de 2014

PROMOCIÓN 2016. Recuerdos artísticos.

Estudiantes del tercero G; pese a que obviaron algunas partes estuvieron muy bien.

Estudiantes del tercero J, de la promoción 2016. Después de su presentación en un momento de relajo.

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miércoles, 18 de junio de 2014

ROBERT MCKEE

Lo recordé hace unas semanas, en una conversación con el cineasta Daniel Rodríguez, quien también siguió un curso con él. Yo hice lo mismo en octubre del 2009, en el Auditorio Belgrano, en Buenos Aires.
Me refiero a Robert McKee, el papa de los guionistas y el amo de los talleres vertiginosos. Su libro El Guion es considerado como la biblia en las escuelas de cine, les cuento. Y verlo a McKee dictando su seminario de treinta y seis horas, qué quieren que les diga, esun espectáculo aparte. El tipo solo hace pausas para tomar una infusión.
Si no me falla la memoria, vestía una chompa naranja, y los puños de su camisa le chorreaban a la altura de las muñecas. Enfundaba unos pantalones negros y en uno de sus bolsillos traseros guardaba el micrófono portátil. Para caminar cómodamente por el escenario, lucía unas zapatillas blancas. Sobre una silla alta reposaban sus apuntes, como si se tratasen de una partitura.
“No se puede trabajar en este negocio (del cine) sin haber leído mi libro”, dijo apenas arrancando, sin ninguna modestia, este ex actor y ex director de teatro, que odia ir al cine y que disfruta mucho echando a la gente de sus cursos.
El auditorio estaba atiborrado. Seríamos unas setecientas personas. La mayoría vinculada al mundo del cine y del teatro y de la actuación. Otro tanto eran escritores, periodistas y qué sé yo. El silencio era sepulcral, recuerdo. La gente lo escuchaba ávidamente. Y les confieso que pocas veces he visto a un orador tan eficiente y efectista como McKee.
“¿Qué hace que una película tenga piernas? Que sea culturalmente específica, que tenga un punto de vista local. Que enseñe algo nuevo. Que nos haga reír de algo de lo que no habíamos reído antes. Que sea universalmente humana. Que sea auténtica”, dijo el gurú hollywoodense. “Lo más importante es contar, y contar de una manera bella. Y eso es sumamente difícil”, añadió.
Ahora, si me preguntan, lo más divertido era cuando se salía del tema, como para darle un aire al público, arrancarle una sonrisa y desinflar el agotamiento. “Canadá no es un país de verdad. ¿Qué mierda es Canadá?”. “En Manhattan, cuando llueve, desaparecen los taxis”. “Mis conciudadanos son muy trabajadores, pero ignorantes y estúpidos”. “Las mejores personas salen de familias disfuncionales, hay otros que salen como George Bush”. “¿Han visto a Bugs Bunny? ¿No les parece que se disfraza demasiado de mujer?”. “Los ambientalistas creen que sus películas solo pueden ser verdes”. “Este país (Argentina) está lleno de italianos. Tiene que haber mafia”. “Los peores crímenes los cometen los gobiernos”. “¿No hay alguien que trabaje
en la oficina de Spielberg, y le diga: Steve, esto no va?”
En opinión de Robert McKee, el guionista debe saber que, cuando escribe una historia, está buscando una metáfora. “La verdad no es lo que ocurre, sino el por qué y cómo pasan las cosas. La verdad está en la interpretación”, sentenció.
Al repasar mi cuaderno de anotaciones me encuentro con una serie de frases desordenadas regurgitadas por este maestro parlanchín. “Los más memorables momentos del cine son los silencios”.
“El diálogo es acción”. “Cuando nos bloqueamos, hay que ir a la biblioteca; el talento no desaparece, pero hay que alimentarlo; hay que leer; hay que hacer investigación”. “La gente que no lee, no puede escribir”. “¿Por qué reaccionamos distinto ante un cuerpo muerto que ante una lectura sobre la muerte?
Porque en la vida las emociones y las ideas vienen por separado. La muerte es el signo de puntuación de la vida”. “Los escritores son peligrosos porque expresan ideas con emociones. Por eso el poder nos percibe como peligrosos. Las ideas no son temidas por el poder. Lo que atemoriza es la emoción. Y cuando la emoción llega a la calle, la cosa cambia”. “Nuestra única responsabilidad como escritores es contar la verdad”. “Crean en lo que hagan, en lo que escriban. La verdad no destruye”. “Un escritor tiene que ser escéptico”. “Si escriben algo que no ofende a nadie, que no suscita reacciones, ¿qué mierda han escrito?”. “Ser escritor toma diez años de fracaso y diez obras que nadie valorará. Y encima hay que ser afortunados”.
Grande, McKee.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/el-ojo-de-mordor/robert-mckee-20-04-2014

martes, 17 de junio de 2014

LECTURA Y TEATRO Salomón Lerner Febres



La lectura y la reflexión ética

Hace algún tiempo escribíamos sobre la importancia de la lectura.  Complementando esas ideas hoy quisiéramos  decir que la lectura forma nuestra sensibilidad y nuestro pensamiento a la vez que ofrece un material de incalculable valor para la reflexión moral y política. Las tragedias clásicas, los dramas de Shakespeare, las novelas rusas, entre otros notables textos, elaboran un complejo retrato del alma humana, de sus inclinaciones y conflictos, así como plantea la posibilidad de examinar posibles cursos de acción, normas y formas de comportamiento concebidas como potencialmente virtuosas o viciosas. La literatura nos acerca al universo de la conducta humana en la perspectiva de la experiencia, no desde la abstracción puramente teórica.
La lectura orienta nuestra capacidad de juzgar y forja nuestro carácter. Nos invita a explorar la densidad y complejidad de otras vidas y examinar otros modos de valorar la existencia. Nos permite comprender y cuestionar las decisiones de personas que tienen otras costumbres, profesan otros credos y abrigan otras aspiraciones para sus vidas. Los grandes libros hacen posible que nos acerquemos, no con la claridad del principio racional, sino con la perspicacia propia de la sabiduría práctica, a la particularidad de las vidas de seres concretos, que tienen que enfrentar situaciones adversas o propicias respecto de sus anhelos cotidianos, circunstancias que ponen a prueba sus capacidades y disposiciones morales. Adentrarse en la lectura implica poder sentir la tristeza o la indignación de la víctima que padece un mal inmerecido, vibrar con el reencuentro de los seres queridos tras una larga separación propiciada por los dioses. Las grandes obras alientan el desarrollo de la empatía a la vez que promueven el discernimiento en torno a situaciones críticas de  nuestra propia vida.
El tipo de reflexión que ofrece la literatura nos sitúa en medio de dilemas morales concretos, que los personajes afrontan poniendo en juego no solamente su capacidad para comprender y actuar sino también nos acerca a  sus actitudes emocionales y a su manera de procesar su propia historia personal. Son justamente esas situaciones, en las que es necesario optar, en las que se  someten a prueba tanto los principios que rigen realmente sus acciones como sus competencias para interpretar acertadamente las situaciones que enfrentan y las relaciones que entablan con otras personas. Las novelas y las obras teatrales nos exhortan a ponernos en el lugar de los personajes que enfrentan tales circunstancias, lo que nos permite formar y sopesar nuestra propia capacidad de comprometernos con el otro. Las obras literarias pueden fortalecer nuestro sentido de solidaridad y de justicia.
Las novelas y las obras teatrales pueden asimismo promover un sentido firme de ciudadanía y afirmar la cultura de los derechos humanos. El compromiso con los derechos universales requiere tanto de convicción y lucidez en materia de la reflexión y la observancia de las normas como disposiciones para el reconocimiento del otro y de las situaciones de injusticia que enfrentan y en tal circunstancia las obras literarias interpelan a la vez nuestra mente y nuestro corazón. Las distopias que retratan Un mundo feliz y 1984 –por citar solo un caso– nos describen un sistema de instituciones en los que la libertad individual no tiene lugar y en el que las diferentes situaciones de la vida pública y privada de la gente no escapan a la mirada vigilante de los gobiernos. Estas narraciones distópicas nos invitan a pensar las condiciones del ejercicio de la libertad (y las condiciones de su pérdida). De hecho, nos interrogan acerca del lugar de la autonomía en nuestras vidas y su valor como un principio rector para una sociedad justa y razonablemente estructurada. La lectura de obras literarias promueve este ejercicio moral tan importante y nos remite hacia nuestra propia existencia para preguntarnos acerca de su valor y sentido.
FUENTE: http://www.larepublica.pe/columnistas/desde-las-aulas/la-lectura-y-la-reflexion-etica-10-08-2013

viernes, 20 de diciembre de 2013

ÉLIDE BRERO. Semblanza.


Junto a su compañero de reparto Ubaldo Huamán en Lima 13

La carrera de Élide Brero incluye televisión, cine y teatro. Se casó a los 28 años, dio a luz a dos hijos y ha visto crecer a cinco nietos. En el 2012 fue convocada para tres películas y dice tener energía para más.
Texto: María Isabel Gonzales.
Fotografía: Rubén Grández.
 
Cuando Élide Brero recuerda las anécdotas detrás de filmaciones y estrenos de este año, cuenta que todo empezó con una conversación con la directora Joanna Lombardi en la sala de su casa. Mientras tomaban café, Joanna intentaba convencerla de hacer el papel de 'Pilar' en Casa dentro. A la vez Élide trataba de advertirle que "era sorda, hacía mucho que no hacía cine y no sabía cómo iba la memoria". Pero Joanna era insistente, seguía contándole cómo serían las grabaciones. En algún momento de la conversación, Élide recordó su primer rol para la pantalla grande. El director era Francisco Lombardi y la película Caídos del cielo. Fue como ver un pequeño trailer de una parte de su vida. Eso le bastó para aceptar la oferta.
Las siguientes propuestas de actuación, en Lima 13 y Viaje a Tombuctú, fueron llegando una a una, sin atropellarse. Recuerda que el director Fabrizio Aguilar la llamó para un casting y ella se sorprendió porque creía que ya se había graduado de hacerlos. Terminó por ir a su oficina para enterarse del proyecto. Una vez allí, Fabrizio le dio una hoja con un diálogo del guión. Le pidió que lo memorice. Ella lo miró y, con esas maneras que bordean entre el 'cuadre' y el 'vacilón', le dijo: "Ay, te pasaste, si me lo acabas de dar. ¿Acaso a ti te dan un papel y te lo memorizas?". Así le aceptaron que leyera el papel en la prueba y a los tres días le dijeron que era la elegida. Desde aquel momento sabía del desnudo del personaje. Pero ella, como ha resuelto todo en la vida, no le dio muchas vueltas. Ahora recuerda que una amiga le comentó que su hijo ya no iba a poder mirarla a la cara. "Dile que me mire a la cara si eso es todo lo que me tiene que mirar", le respondió.
En el último día de grabación de Lima 13, la llamó Rossana Díaz, directora de Viaje a Tombuctú. Le contó de qué trataba la historia y, casi incrédula de que le llegaran tres proyectos al hilo, dijo que sí. Antes de seguir contando sus avatares del 2012 aclara que no se cree una diva y que si este año se animó a encarnar a tres mujeres ha sido porque le gustaron las historias y sus apasionados directores. Y sobre todo para contagiarse de la energía de cada equipo. “Me gusta andar con los jóvenes porque me dan vida. En cambio los viejos te hablan de fútbol o política y de que ya no nos arregla nadie. Eso me da pica".
También acepta que trabajar en estas películas –y estar dispuesta a seguir haciéndolo– es porque el teatro, donde empezó su carrera, es mucho más demandante por naturaleza. Por más audaz que sea tiene que cuidarse. "Tengo todo lo que una persona de mi edad puede o no tener. Es decir, no tengo apéndice, no tengo vesícula y tengo divertículos. Uso audífonos en ambos oídos y tengo dientes postizos". Reconoce que, aun cuando las grabaciones no han sido extenuantes, igual se siente agotada, y en un mes de tanto ajetreo como diciembre la fatiga se hace más evidente. Lo que más le gusta es que la reconozcan en la calle. "Me encanta que me saluden. ¡Qué más quiero! En las grabaciones como soy viejita todos me ponen el brazo, me engríen", asegura.
Sangre de artistas
Élide es la madre de Gianfranco Brero, uno de los actores peruanos más reconocidos. Y está orgullosa de eso. Entre las fotos familiares tiene un retrato de Gianfranco sosteniendo la Concha de Plata al mejor actor en el Festival de Cine de San Sebastián. Recuerda cuando ella y su esposo, Aldo Brero, llevaban a él y a su otra hija a los talleres de teatro que empezaron en los años 60 con el actor Ricardo Blume. A veces el profesor llamaba a Gianfranco al escenario para que apoye en las voces y él lo hacía con gusto.
Después de esta anécdota no hay que equivocarse: Élide puede estar orgullosa de Gianfranco pero no tiene preferidos. Conoce bien a su familia y está feliz de tener una nieta productora y otra que ya terminó la carrera de actuación. Desde hace tres años vive en casa de su hija y, aunque está cómoda, también ha tenido que ir acostumbrándose a sus idas y venidas. Vivir en compañía luego de 20 años de estar sola no es sencillo. Cuando Aldo murió decidió quedarse en el departamento que había compartido con él y valerse por sí misma.
Cuenta que el nombre con el que todos la conocen: 'Élide Brero' no es un seudónimo. Adoptó el apellido de su esposo porque en la época era usual. Su nombre completo es Élide Pinasco D'Onofrio. Pero "Élide Pinasco de Brero era muy largo" y menos se iba a quedar con "Élide P de Brero", porque ella "no era la 'P' de nadie". Al escuchar este relato pareciera que nada le causa muchos aspavientos. Pero lo cierto es que en sus inicios como estudiante de actuación le daban ataques de pánico. Una vez  se bajó de un escenario en pleno taller de Ricardo Blume porque no recordaba sus líneas. "Tenía miedo de hacer el ridículo. Soy muy autocrítica. Ahora cuando me veo en la pantalla siempre pienso que debimos hacer la escena otra vez y me veo más vieja. En una escena de Casa dentro mis manos parecían garras".
Resulta más inverosímil enterarse de que una joven Élide no pensaba en ser actriz. Después del colegio, como una chica en la segunda mitad de los años 30, su rutina consistía en leer y salir con las amigas y la familia. Luego se fue a trabajar con su papá en la tienda de telas de la familia Pinasco. Era él quien la llevaba al cine y al teatro. A su lado descubrió a las compañías que hacían giras por Lima. Su mamá murió cuando ella tenía doce años y su papá nunca la dejó convertirse, al ser la mayor de siete hermanos, en la segunda mamá. "A veces mi abuelo me decía que a mis hermanos les faltaban botones. Mi papá no hacía caso y me decía que me fije qué daban en el cine".
Después de ese hombre que la crió, fue su esposo, Aldo Brero, quien le dio otro empujoncito hacia el arte. Irónicamente él era todo lo que no quería en un compañero: "más joven, ingeniero, italiano e hijo único de madre viuda". Pero lo que descubrió con el tiempo es que en realidad era un apasionado de las artes. Por eso es que a los cuarenta años, convencida por él, llevó clases de actuación. Cuando fue a la prueba de Lombardi para Caídos del cielo en el 89', una vez más convencida por su esposo, no hubiera imaginado lo que estaba por suceder. Al día siguiente Aldo falleció de un paro cardiaco. Después de quince días le ofrecieron el papel de una anciana que había enterrado a su hijo una década atrás y aún guardaba luto. "Separé mi personaje de la vida real porque soy 'antiluto'. Los muertos se entierran y lo que queda es lo que viví con esa persona".
Recuerda que le pidió ayuda a Gianfranco para practicar el personaje. "Piensa en alguien que no sea acelerada como tú", le dijo él. Empezó a practicar cuando iba a comprar fruta. Se ponía unos taquitos y pedía todo de buena manera. Las vendedoras le preguntaban si se sentía bien.
Antes de despedirse cuenta que la cocina ya no es su fuerte y que tampoco puede coser mucho, pero muestra su pantalón con orgullo. "Era de Aldo y yo lo reforme. Ahora como pasatiempo me queda algo de croché". Para terminar, solo quiere reiterar su mensaje a los directores de cine: "Si quieren una viejita, acá estoy". Porque para el cine le sobran ganas. 


martes, 29 de octubre de 2013

GIANFRANCO BRERO Y ALBERTO ISOLA.

ESPERADO REENCUENTRO. El talento y la experiencia de Alberto Isola y Gianfranco Brero se unen, dos décadas después, en Dúo, puesta que habla sobre el tiempo y las cosas que dejamos ir.
Cecilia Castillo.
Veinte calendarios han tenido que pasar para que dos grandes de la escena vuelvan a reunirse en el teatro: Alberto Isola y Gianfranco Brero. El gestor de ello es Giovanni Ciccia, quien este fin de semana estrenó Dúo, una puesta con dos historias: ‘El acompañamiento’ de Gorostiza y ‘Príncipe azul’ de Griffero. La temporada es en el Teatro Larco.
Los actores simplemente se muestran entusiasmados con esta nueva convivencia. “Es la realización de un deseo largamente ansiado. El reencuentro con un gran actor y un gran amigo”, dice Alberto mientras Gianfranco añade: “Alberto es uno de los primeros amigos que tuve. Es mi compañero de teatro, mi maestro permanente, es mi hermano de la vida.
Regresar al teatro con él, a pesar de los 20 años que han pasado desde la última vez que actuamos juntos, ha sido como pasar de una habitación a otra. Es como si no hubiera pasado el tiempo... más allá de algunos achaques”.
Sobre Dúo, una puesta que habla sobre el tiempo y las cosas que dejamos pasar, Isola señala que debe ser vista por todas las edades. “Para los que todavía son jóvenes es una buena advertencia. Creo que las dos obras tienen de todo para todos”, asienta. Y en opinión de Brero: “Es una gran ocasión de ver a dos actores reconocidos, en escena. Además es una lindísima puesta en escena de Plan 9 dirigida por Giovanni Ciccia. Vale la pena, te lo aseguro”.
¿Alberto, cómo ve a la nueva generación de actores?
-Me gustan mucho. Son arriesgados, exigentes, creativos. Me gustaría que leyeran más y que pensaran más en colectivo.
¿Usted ha podido o puede vivir solo del teatro?
–Vivo del teatro, pero me ramifico. Actúo, dirijo, enseño. A veces hago locuciones. Me las he arreglado bien hasta ahora. No me he hecho rico, pero eso nunca estuvo en mis planes.
En TV lo vimos en La Tyson, ¿se animará a regresar a una TN o es muy demandante?
–Siempre estoy dispuesto a volver a la televisión, si me ofrecen cosas como Mi problema con las mujeres, Los exitosos Gomes y La Perricholi. No me parece demandante si algo me interesa.
-Gianfranco, tienes una fuerte presencia en la pantalla grande. ¿Qué te ha dado el cine y cuál es el papel que aún no llega?
-El cine es otra de mis pasiones. Ya llegará cuando sea el momento. No hay que presionar.
–Sigues pensando que un espacio como ‘3G’ no podría estar en señal abierta, debido a que considera que todo se maneja en base al rating y no a la calidad de contenido?
-Por supuesto que sigo pensando lo mismo. La televisión abierta (con excepción del Canal 7) no piensa en el rol que debe tener en la sociedad, sino solo en hacer dinero. Y si el dinero lo ponen los anunciantes, y estos solo piensan en el rating para poder vender sus productos, ¿qué crees que podrían hacer los dueños de los canales? Pues simplemente dar “lo que le gusta a la gente”. No piensan más allá.